lunes, 8 de agosto de 2016

Injuria, de Apegé

1.
Lo leí en un día. Es una novela de setenta y pico de páginas, dividida en tres partes que parecen cuentos, y narra la historia de un tipo de 35 años, periodista, homosexual sufriente, alcohólico, al que no le pasa casi nada pero soliloquia mucho. Para ser justos le pasa esto: en su vida cotidiana, anodina, buscando tema para escribir en el diario en el que trabaja, el personaje se encuentra con la noticia de una travesti muerta en un parque. Eso le dispara el deseo, casi que sólo sugerido, de escribir sobre la travesti, de escribir un libro incluso sobre las travestis y sus muertes violentas, pero sobre todo le dispara una serie de recuerdos. Digo que no pasa casi nada porque no hay acción en la novela: esa historia no se escribe, por caso. Al personaje que recuerda sólo le pasa que recuerda. Y dentro de los recuerdos también hay pocas acciones: el único evento fuerte es una fiesta de 15 en el campo, y es muy poco. Pasa en un párrafo. O también, un encuentro sexual furtivo, hay varios narrados pero este tiene más carnadura, en el que el presunto compañero sexual se descubre un asaltante, le roba, lo humilla, se va. Pero casi todo es anécdota difuminada, sin terminar, sin remate, o contada de forma abstracta y lírica. Una lírica que a mí no me gusta, pero ahí entra lo personal, no digo que no. 

2.
Ya me declaré en contra -como lector, en principio- de la homosexualidad literaria sufriente, alguna vez en una reseña sobre un libro de Lemebel. Es algo generacional, obviamente, que nosotros veamos hoy a la homosexualidad desde otro punto de vista: tenemos muchos -muchísimos- menos motivos para sufrir los que somos homosexuales en el siglo XXI en la Argentina (o el Uruguay, como es el caso de Apegé y de su personaje) que los que lo fueron en el siglo XX, como Lemebel. En el caso de Lemebel es una cuestión de gusto, de nuevo: no me interesa leerlo sufrir y quejarse, victimizarse. Pero lo admiro, me gusta leerlo en casi todos los casos y son pocos los textos que no me gustaron por este motivo. Y Lemebel vivió en el siglo XX: en el XXI triunfó, fue una diva y murió. (Ya conté en algún lado la anécdota de mi amigo que viajó a Chile a entrevistar a Lemebel y no pudo porque el escritor le tendió una trampa, lo mandó a hablar con una amiga suya de la que dijo era su representante: luego la amiga estaba muerta: luego Lemebel no le dio la entrevista a mi amigo por no saber que la mencionada amiga estaba muerta. Veanse mis reseñas sobre Lemebel). Bueno, Apegé (acrónimo de Álvaro Pérez García) nació en el '74, vivió bastante en el XX, por lo menos su infancia y adolescencia. No quiero juzgar su necesidad de catarsis, ni sus impresiones sobre el dolor de ser gay en Uruguay. Pero hay algo que no me cierra.

3.
El propio Apegé me contesta en una entrevista que acabo de encontrar googleando:
Me crié en un sistema donde la homosexualidad era una deformación. Es imposible zafar de eso. Si tenés alrededor de cuarenta años estás golpeado por eso, herido. Y está bien decirlo. Estamos heridos, nos dolió, ¿qué problema hay en aceptarlo? Las marcas están ahí, cicatrizan de a ratos, a veces vuelven a supurar un poquito. ¿Qué problema hay en reconocerlo, por qué tenemos que ceder a una cosa celebratoria, a un mandato a la alegría? (http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/soy/1-2532-2012-07-18.html)
Lo que dice en la pregunta anterior también me contesta y está bien: "Me parece que nos salteamos la etapa de narrar el dolor. Se pasó del ocultamiento, la culpa y el conflicto de los uruguayos con la sexualidad a la batalla por los derechos: la igualdad ante la ley y las reformas jurídicas."

4.
¿Entonces? ¿Me desdigo? No, es más complicado que eso. Porque si bien estoy de acuerdo con la premisa de narrar el dolor, no me interesan como lector las historias de dolor sin redención (en un sentido secular lo digo). Pero a otro le puede interesar. Vaya, usted, señorx Otro, y saque sus propias conclusiones.