viernes, 12 de junio de 2009

The Nimrod flipout, de Etgar Keret

1. ¡AAAA UUUU EEEEE UOUOUOUO!

2. Etgar Keret nació en Israel en el '67 y sacó su primer libro en el '92. Escribe cuentos cortos o microcuentos, aunque también guiones de cómics, de televisión y de cine y sacó una novela. La edición de su obra es un quilombo, porque en cada idioma hicieron compilaciones diferentes de los cuentos que están en sus libros originales en hebreo. Este que leí yo ahora por ejemplo es una compilación y no la traducción de uno tal cual. El otro que leí, La chica sobre la nevera y otros relatos (en castellano, de Ed. Siruela), lo mismo.

3. Soy fan de Etgar Keret, me parece realmente muy bueno. Carver meets los cuentos más extraños de Bukowski (como el del hermano que se materializa mientras se coge a la mina, o el del hijo de satanás, todos los fantásticos, bah) y todo bien israelí post sionista y post judío. Es, por otra parte, el único escritor israelí que leí, así que les debo la comparación.



4. Traduje, de aburrido y gracias a la beca ORT, tres de los cuentos de The Nimrod flipout del inglés al castellano, o sea que no sé qué tan lejos quedaron de los originales en hibrit, pero me parece que quedaron bien. Agrego además uno que no está en este libro, traducido por alguien más y que me encontré en Internet. Este libro, The Nimrod flipout, se puede conseguir prestado en la flamante biblioteca Agustín Jais del Club Cultural Matienzo (Matienzo 2424, esq. Cabildo) (http://clubculturalmatienzo.blogspot.com/)





Traducidos del inglés por Alejandro Schonfeld:

Disfuncción

Ccreo que mi ccomputadora se ccagó. En realidad, no ccreo que sea la ccomputadora en sí: el tecclado nomás. La ccompré no hacce muccho, usada, de los cclasificcados. El tipo que me la vendió era raro. Abrió la puerta vestido con un vestido de seda y un sombrero de fieltro, ccomo una puta con cclase de una pelíccula de ccine-arte en blancco y negro. Me preparó un té, con menta que ccultivaba en el alfeizer de la ventana. "La ccomputadora es una ganga," dijo. "No te vas a arrepentir". Así que le di ccinco mil, y ahora me arrepiento. El aviso deccía que estaban vendiendo todo porque se iban a haccer un viaje largo, pero el tipo del sombrero me ccontó la verdadera razón: se estaba por morir de un momento a otro, y eso no es algo que uno esccribe en un aviso, y menos si pretende que alguien venga. "La verdad es" dijo, "que la muerte es ccomo un viaje, así que el aviso no era falso". Mientras lo deccía, tenía una voz vibrante, optimista, como si por un segundo hubiera visto la muerte ccomo un viaje divertido a un lugar nuevo, y no simplemente una osccuridad buena para nada que te respira en la nucca. "¿Viene con garantía?" pregunté, y él se río. Yo lo deccía en serio, pero ccuando se río, me sentí un pocco raro así que hicce de ccuenta que estaba hacciendo un cchiste.






Mugre

Digamos que yo estoy muerto, o que abrí un laverrap de autoservicio, el primero de Israel. Alquilé un local chico, un poco ruinoso, del lado sur, y pinté todo de azul. Al principio, hay solamente cuatro máquinas y un dispenser especial que vende muestras de jabón. Después pongo una tele y hasta un pinball. O sino estoy en el piso del baño con un tiro en la cabeza. Mi padre me encuentra. Al principio, no se da cuenta de la sangre. Piensa que estoy medio dormido o que estoy haciéndole una joda. Sólo cuando me toca la nuca y siente algo caliente y pegajoso chorreándole por el dedo hasta el brazo descubre que algo está mal. La gente que viene a hacer sus lavados en un laverrap de autoservicio es gente solitaria. No hace falta ser un genio para darse cuenta de eso. Por eso es que siempre trato de crear una atmósfera en el laverrap que haga que la gente se sienta menos sola. Muchas teles. Dispensers que digan gracias con voz humana por comprarle las muestras, fotos de marchas multitudinarias en las paredes. Las mesas para doblar la ropa limpia están puestas como para que mucha gente tenga que usarlas al mismo tiempo. No porque sea amarrete, es a propósito. Muchas parejas se conocen en mi local gracias a esas mesas. Gentes que solían estar solas y ahora tienen a alguien, tal vez más de uno, que yace junto a ellos de noche, los empuja mientras duermen. Lo primero que hace mi padre es lavarse las manos. Sólo después llama a una ambulancia. Ese lavado de manos le va a costar caro. No se lo va a perdonar hasta el día de su muerte. Incluso le va a dar vergüenza decírselo a alguien. Cómo su hijo yace ahí al lado suyo, muriéndose, y él, en lugar de sentir aflicción o compasión o miedo, o algo, todo lo que logra sentir es repulsión. Ese laverrap se va a convertir en una cadena. Un cadena que va a ser grande, especialmente en Tel Aviv, pero también le va a ir bien en los suburbios. La lógica detrás de su éxito va a ser simple: donde sea que haya gente solitaria y ropa sucia, siempre van a venir a mí. Después de la muerte de mi madre, hasta mi papá va a venir a una de las sucursales a lavar su ropa. Nunca va a conocer una mujer o hacer un amigo ahí, pero la posibilidad de que suceda lo va a conducir hasta ahí cada vez, le va a dar una pequeña tajada de esperanza.






Mero

Desde que volví a Israel, todo se ve diferente. Hediondo, triste, tonto. Ahora hasta esos almuerzos con Ari que solían iluminarme el día son un bajón. Él se va a casar con esa Nessia suya; hoy me va a sorprender con la noticia. Y yo, por supuesto, me voy a sorprender, como si Ofer el buchón no me hubiera dicho el secreto hace cuatro días. Él ama a Nessia, dirá, y me mirará a los ojos. "Esta vez," dirá con su profunda y convincente voz, "esta vez es en serio."
Arreglamos para encontrarnos en un restorán de pescado en la playa. La economía está en recesión ahora, y el precio de los platos del día es un chiste, cualquier cosa por atraer gente hasta la puerta del local. Ari dice que la recesión es buena para nosotros, porque nosotros -aunque todavía no nos hayamos dado cuenta- somos ricos. La recesión, explica Ari, es dura con los pobres. Dura no es la palabra -es asesina. Pero, ¿con los ricos? Es como tener puntos de viajero frencuente extras. Podés mejorar todas las cosas que solías hacer, y gratis. Y así nomás, el Johnnie Walker pasa de Etiqueta Roja a Etiqueta Negra, y las promociones por viajes de cuatro días pasan a ser de una semana, lo que sea por atraer gente hasta la puerta del local. Para lograr que traigan sus culos hasta la puta puerta del local. "Odio este país," le digo mientras esperamos nuestros menúes. "Me iría para siempre sino fuera por los negocios." "No jodas" dice Ari, poniendo sus pies con sandalias en la silla de al lado. "¿Dónde más en el mundo podés encontrar playas como esta?"
"En Francia," le digo, "en Tailandia, en Brasil, en Australia, en el Caribe..."
"OK, OK, entonces andate," me interrumpe con orgullo. "¡Terminá tu comida, tomate tu café y andate!"
"Dije" me tenso, "que me iría sino fuera por los negocios..."
"¡Los negocios!" Ari exclama riendo. "Los negocios," dice, y le hace una seña a la moza por los menúes.
La moza se acerca a contarnos cuáles son los especiales del día, y Ari la mira con la mirada desinteresada de quien está enamorado de otra chica. "Y para el plato principal," dice ella, con una sonrisa natural e irresistible, "tenemos rebanadas de atún rojo en manteca y pimienta, mero en una cama de tofu con salsa teriyaki, y pez parlante con limón y sal." "Yo te pido el mero," dice Ari rápidamente. "¿Qué es pez parlante?" pregunto. "Es pez parlante servido crudo. Está ligeramente salteado, pero no condimentado..." "¿Y habla?" la interrumpo. "Yo recomiendo ampliamente el mero," la moza continúa luego de inclinar la cabeza. "Nunca probé el parlante".
Tan pronto como empezamos a comer, Ari me dijo lo de casarse con Nessia, o NASDAQ, como le gusta llamarla. Inventó el nombre cuando el NASDAQ todavía estaba subiendo y nunca se molestó en actualizarlo. "Felicitaciones," dije. "Me alegro mucho." "Yo también," dijo Ari, despatarrándose un poco en su asiento. "Yo también. Tenemos una vida bastante buena, ¿no? Yo y NASDAQ, vos... solo, temporareamente. Una botella de vino blanco, aire acondicionado, el mar."
El pescado llegó quince minutos después. El mero, según Ari, estaba increible. El pez parlante... se mantuvo callado. "Así que no habla," Ari hablaba irritado, "¿y qué? Mierda, no hagas una escena. Lo digo en serio, no tengo paciencia." Y cuando vio que todavía estaba haciéndole señas a la moza, sugirió, "Probalo; si no está bueno, lo devolvés. Pero al menos probalo primero." La moza se acercó con la misma irresistible sonrisa de antes. "El pescado..." le dije. "¿Sí?" preguntó ella, estirando su ya de por sí largo cuello. "No habla." La moza soltó una pequeña y graciosa risa y rápidamente explicó: "El plato se llama pez parlante como una indicación del tipo de pez que es, que en este caso, es del tipo que puede hablar, pero el hecho de que pueda hablar no significa que vaya a hacerlo en un momento dado." "No entiendo..." empecé. "Qué hay que entender," dijo la moza en un tono de voz condescendiente. "Esto es un restaurante, no un karaoke. Pero si no te gusta, estaré encantada de traerte alguna otra cosa. ¿Sabés qué? Estaré encantada de traerte otra cosa de todas formas." "No quiero otra cosa," insistí inútilmente. "Quiero que hable." "Está bien" cortó Ari. "No hace falta que traigas nada más. Todo está perfecto." La moza disparó una tercera sonrisa idéntica y se alejó. Y Ari dijo, "Chabón, me voy a casar. ¿Entendés? Me voy a casar con el amor de mi vida. Y esta vez..." dejó caer una pausa de dos segundos, "esta vez es en serio. Este almuerzo es para festejar, así que dejate de joder y comé conmigo. Sin hacer tanto problema por el pescado y sin estar quejándote del país. Simplemente sé feliz conmigo, sé feliz con tu amigo, ¿OK?" "Yo soy feliz," dije, "de verdad." "Entonces comete ese pescado feo de una vez," me rogó. "No," dije, y rápidamente me corregí. "Todavía no." "Ahora, ahora" Arí me apuró, "ahora, antes de que se enfríe, o devolvelo. Pero no puedo quedarme acá sentado y mirar. El pescado en la mesa y vos sin hablar...""No se está enfriando," lo corregí. "Está crudo. Y no tengo que quedarme callado, podemos hablar..." "Ok," dijo Ari, "ya fue," y se paró enojado, "Perdí el apetito de todos modos." Sacó su billetera, pero lo detuve. "Dejame invitar a mí," dije sin levantarme, "en honor de tu boda." "Andate a la mierda," Ari espetó, pero guardó la billetera. "¿Por qué trato siquiera de explicarte a vos el amor? Puto. ¿Dije puto? Ni siquiera sos puto, sos asexual..." "Ari..." traté de interrumpirlo. "Incluso ahora" dijo Ari sacudiendo un dedo en el aire, "inlusive ahora sé que más tarde voy a lamentar haber dicho eso. Pero lamentarlo no va a hacer que sea menos cierto." "Mazel tov," dije, tratando de darle una de las sonrisas naturales de la moza, y a cambio recibí un medio a-quién-le-importa, medio adiós con la mano, y se fue.
"¿Todo está bien?" me preguntó la moza de lejos con una pantomima. Asentí con la cabeza. "¿Tu cuenta?" continuó con su pantomima. Sacudí la cabeza. Miré el mar por la ventana; se veía un poco lóbrego pero muy poderoso. Bajé la mirada al pescado, yaciendo sobre su estómago con los ojos cerrados, el cuerpo ascendiendo y descendiendo como si estuviera respirando. Yo no sabía si este era el sector fumadores, pero encendí de todos modos uno de esos satisfactorios cigarrillos "post-algo". No estaba enojado realmente. Era agradable estar acá, mirar por la ventana - aunque lamentable que hubiera vidrio y aire acondicionado en lugar de una brisa. Podría quedarme así sentado mirando el mar durante horas. "Largate," me susurró el pescado sin abrir los ojos. "Tomate un taxi al aeropuerto y subite al primer avión que salga, no importa a dónde." "Pero no puedo irme así como así," expliqué en una voz lenta y clara. "Tengo compromisos acá, negocios." El pescado se volvió a callar y yo también. Casi un minuto después, agregó, "No importa, olvidalo. Estoy deprimido."
No pusieron el pescado en la cuenta. En vez, me ofrecieron postre, y cuando dije no, simplemente sustrajeron vienticinco shekels. "Lo lamento..." dijo la moza, y rápidamente explicó. "Lamento que no lo haya disfrutado." Y un segundo más tarde, especificó, "El pescado." "No, no," protesté, marcando en el celular el número de un taxi. "El pescado estaba bueno. En serio, tienen un muy lindo lugar acá."






y traducido por otra persona (Sebastián Kleiman para bamah.org)

La chomba decente

Tengo una chomba de manga corta en el ropero, y un nuevo cumpleaños el próximo 20 de agosto, cinco días después de la desconexión israelí de Gaza. Para serles sinceros, tengo más de una chomba de manga corta, pero la naranja es la única que no tiene manchas y está en condiciones de ser usada en eventos tales como la firma de ejemplares en una librería, la asistencia a un magazín televisivo o, incluso, en el bar-mitzvá de algún primo.
“La chomba decente”. Así la llama mi mamá para distinguirla del resto de mis chombas –en mal estado, raídas, impresentables- parapetadas en el armario. Pero en tiempos como los que corren, tiempos de amargos conflictos y confusiones aquí, en Israel, cuando los colonos y sus seguidores se han apropiado ya del color naranja y lo han tomado para sí como símbolo de la férrea resistencia contra la retirada –blandiendo cintas y calcomanías naranjas frente a automovilistas y transeúntes-, hasta una simple chomba, común y corriente, implica, al parecer, una toma de posición.
El miércoles último, de regreso de una lectura en una librería de Tel-Aviv, me vi abordado por un muchacho gordo, barbudo, que llevaba puesta una kipá color naranja. Me estrechó en un dulce, efusivo abrazo, y me dijo: “Hacé una mitzvá, hermano, ayudanos a repartir las calcomanías.” Entre sus manos regordetas aferraba un puñado de calcomanías con la frase: “Un judío no desaloja a otro judío”.
Porque soy poco afecto a las efusiones de desconocidos, y porque además creo que, de vez en cuando, cuando se pasan de la raya, los judíos de veras necesitan ser desalojados por otros judíos –al menos ser encaminados, a los codazos, en la dirección correcta-, la propuesta me pareció algo desconcertante.
“Disculpe, no puedo ayudarlo”, le confesé a mi sonriente rival político. Como muestra de coraje cívico, agregué: “mi mujer me espera en casa”. “Hermano”, siguió hablando el gordito, empapado de sudor, “querido hermano naranja, dale una mano a este judío. Después de todo, es un deber sagrado.” “Es que ella no se siente bien”, insistí con tono gallardo. “Además, está embarazada. El doctor me ordenó que no la dejara sola mucho tiempo.” “Ella no está sola”, dijo el gordito guiñándome un ojo, “el Todopoderoso está con ella y te envió hacía mí, directo desde el Cielo. Tomá, agarrá unos stickers”.
Antes de que pudiera aclarar mis concepciones agnósticas y sus implicancias ontológicas respecto al supuesto grado de soledad de mi esposa, en compañía del Creador, un grueso manojo de calcomanías aterrizó en el bolsillo de mi chomba naranja. “Vos repartí en la calle Arlózorov”, me ordenó el barbudo, “yo me encargo de Ibn Gavirol. Que Dios nos ayude”. Sonreí de manera forzada, asentí y salí volando de aquel lugar. Una vez en casa, mi inquisitiva mujer mostró un particular interés por aquellas calcomanías que asomaban desde el bolsillo de mi chomba. Cuando intenté explicarle, me conminó a desprenderme cuanto antes de aquella remera.
“Pero no puedo hacerlo”, me defendí. “No puedo tirar esta chomba, es la única buena que tengo”. “Tenés otras remeras”, insistió, “podés usar la negra que tenés”. “Me queda mucho mejor la naranja”, argüí. “Además, la negra tiene una mancha de tjina. “Entonces vas a usar una remera manchada, gruñó mi mujer, “estamos ante una situación de vida o muerte”.
El verdulero árabe estaba de mi lado. “¿Para qué tirarla?”, preguntó. “¿Cuál es el problema que sea naranja? ¿Acaso, debido a este plan de desconexión, se supone que yo debo dejar de vender zanahorias? ¡No es más que un color estúpido! Un color que estaba aquí antes que nosotros y que seguirá existiendo cuando ya no estemos. A mí nadie me va indicar qué color simboliza qué cosa.”
Envalentonado por las palabras del verdulero, y por la media sandía que acababa de comprar, enfilé para casa con la frente bien alta. Pero poco antes de llegar a la senda peatonal, un joven, de rostro pálido, con un cigarrillo entre los labios y una taza de café, de plástico, entre las mano, me reconoció y me espetó. “¿Y vos te considerás un intelectual? ¿Un escritor?” Señalaba el bolsillo de mi chomba, detrás del cual, se suponía, debía de latir mi corazoncito naranja. “Sos un colono ocupante, eso es lo que sos”. “No, no lo soy”, repliqué. “La compré de oferta, a 64 shekels, el verano pasado, mucho antes de que se empezara a hablarse de desconexión. Entonces la gente aún veía el naranja como un color sensual y juvenil, sin ninguna implicancia política.” “Andá a contarle ese cuento a otro, vos sos uno de esos pelotudos fascistas de derecha”, dijo el cara pálida, derramando sobre mí toda clase de insultos y media taza de café. “Ayer te vi en la calle Arlózorov con esas calcomanías en el bolsillo.”
Mi esposa asegura que no hay lavado capaz de borrar las manchas de café. Aunque no le creo del todo, decidí no consultar una segunda opinión y tirar la chomba a la basura. Estamos atravesando tiempos difíciles e imagino que no es el momento indicado para usar chombas decentes. De esta manera, sin haber recibido cobertura de los medios ni llamados de condolencia, me convertí en la primera víctima del plan de desconexión. Apenas una víctima de la moda, es verdad, pero una víctima al fin. Cuando lleguen el tiempo de las próximas ofertas de liquidaciones, ya me juré ir por el amarillo patito, el verde esperanza, el marrón caca, o cualquier otro color lo suficientemente repulsivo como para que a ningún movimiento político se le ocurra ocuparlo y reclamarlo para sí. Ni ahora ni nunca.





FIN DEL POST.

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